
“La vivencia de la realidad es función del estado de conciencia en que estamos”.
“La vivencia de nuestra realidad interna es función del estado de conciencia en que estamos”.
¿Cuál es la realidad completa que cada uno de nosotros es? Creemos ser sólo un cuerpo a veces, creemos ser sólo el ego, creemos ser sólo la emoción con la que estamos identificados en un momento determinado; ¿cómo acceder a una visión más amplia de quiénes somos?
El Testigo Sagrado
La respuesta fue dada desde tiempos antiquísimos por todas las escuelas y disciplinas que se ocuparon y ocupan del desarrollo de la conciencia humana: la desidentificación de lo limitado y cambiante y la autoidentificación con lo imperecedero que existe en nosotros. Yo Observador, Yo Alerta, Testigo Sagrado o Sí Mismo son los diferentes nombres que aluden a este sentido de presencia.
Desde allí, como núcleo básico, podemos utilizar innumerables técnicas para ayudarnos a elaborar los miedos y trascender nuestros límites: visualizaciones, afirmaciones, dramatizaciones, plástica, diálogos internos, ritos, símbolos, mitos, transformación energética, etc., pero básicamente cuando nos desidentificamos del miedo y lo hemos visto como un contenido más de la conciencia y no el contexto desde el cual miramos, ya ha perdido la mayor parte de su poderío. Assagioli, psiquíatra italiano creador de la Psicosíntesis, decía: “Somos dominados por todo aquello con lo cual nuestro yo se identifica. Podemos dominar y controlar cualquier cosa de la cual nos desidentificamos”.
La energía que se libera al hacer caer una barrera dentro nuestro es enorme. Desde el Testigo Sagrado podemos ver el miedo sin dejar que él nos afecte, percibirlo pero sin permitirle que altere nuestra conducta ni nuestros pensamientos. “Tengo miedo pero no soy el miedo”, ir por debajo de las turbulencias y las olas para bucear en la paz de las profundidades. La tarea básica es el entrenamiento de la mente para desarrollar una atención sin juicios hacia la propia experiencia, desarrollar ese sentido de presencia que nos conecta con la Luz que siempre fuimos y seremos, la paz de nuestras sabiduría y compasión innatas.
Ana Inés de Avruj
Enero de 1996